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LAS NIÑAS YA NO QUIEREN SER PRINCESAS

 

              

 

 Ayer me quedé perpleja al escuchar una noticia que decía algo así: “La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, prohibirá los cuentos tradicionales, como Blancanieves o Cenicienta, por su concepción machista de los personajes femeninos”.

Así dicho a botepronto, suena a censura rancia. Aunque si profundizamos más en el tema, nos daremos cuenta de que el asunto no es tan simplista ni tan radical como lo quieran ver algunos.
La noticia, en realidad, anuncia la publicación de una guía de materiales didácticos bajo el lema “Educando en Igualdad” con el que se pretende fomentar la igualdad entre los más pequeños y prevenir la violencia de géneros.

               Los bebés nacen con un sexo definido, pero no con un género. Todos se comportan de igual manera, independientemente de que sean niñas o niños. A medida que van creciendo, sus comportamientos van diferenciándose cada vez más. ¿A qué se deben estas diferencias? ¿Es genético o más bien fruto de los comportamientos establecidos y aceptados por la sociedad?

Si analizamos en su conjunto, en la mayoría de los cuentos tradicionales la mujer es la pobre desgraciada maltratada por la sociedad que necesita de un príncipe azul que la salve, que la lleve a su castillo y finalmente la tome como esposa. Blancanieves es maltratada por su madrastra y tiene que huir porque su vida corre peligro. Cuando llega a la casa de los enanitos, ellos le dicen que “—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará” (¿acaso Blancanieves no sabía hacer nada más?). Un día la madrastra convertida en anciana le ofrece una manzana envenenada (sin pasar por alto la referencia a la maldad femenina evocada en el Génesis, donde  Adán y Eva fueron expulsados del paraíso por culpa de ella, profes, que fue quien le incitó a morder la fruta prohibida) y solamente podrá recuperarse cuando su príncipe la bese; Cenicienta es obligada a trabajar día y noche como sirvienta de su madrastra y sus hermanastras, a pesar de ser de sangre noble, porque el palacete donde viven pertenecía a su padre, pero todas sus posesiones le fueron arrebatadas por estas malvadas mujeres; la Bella durmiente es condenada por el hada mala a pincharse con una aguja y sólo despertará con un beso; la Sirenita debe enamorar al príncipe para salvar a su padre que ha sido secuestrado por Úrsula, la bruja del mar, y como estos cuentos podríamos seguir citando otros muchos.

                ¿Os habéis percatado de que son las mujeres las mayores opresoras de otras mujeres, llevadas por la ira y la envidia que les provoca la belleza de la protagonista buena, y que solo podrán salvarse gracias a la intervención de un hombre? Seguro que no os suena raro.

Estos cuentos no son solo historias para dormir a los niños y niñas, sino que se les está inculcando un modelo, que les gusta, no lo vamos a obviar, pero no se les da opción a escuchar historias diferentes. En todos los cuentos encontramos los mismos patrones: se alaba la belleza física, que está estrechamente relacionada con la bondad y la suerte; en todos los cuentos, el objetivo de la heroína es casarse con el príncipe y vivir felices y comer perdices, los personajes femeninos feos representan la maldad y la mezquindad… Después de crecer con estas historias, no es raro que el máximo objetivo de muchas niñas sea casarse con un hombre guapo y rico, vivir en una casa enorme y tener hijos.

Yo, personalmente, no me opongo a que las niñas y los niños sigan leyendo estos cuentos, siempre y cuando se aborden con una actitud crítica de ciertos elementos,  pero considero que deben comenzar a publicarse otras historias que respeten la perspectiva de género con el fin de no seguir perpetrando estereotipos rancios que luego se transfieren a la sociedad.

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